
Ocho grados marcaba el termómetro pegado en la pared de adentro del placard, y el bloque de sustrato estaba frío como loza de heladera. Cultivar hongos en un departamento en invierno tiene esa parte que nadie te cuenta antes: no alcanza con dejarlos ahí y esperar, hay que pelearle todos los días al control de la temperatura. Las gírgolas caseras de esta tanda, que arranqué a fines de junio, se quedaron quietas, ni para adelante ni para atrás, mientras yo miraba el higrómetro esperando que cambiara de humor solo.
El invierno frena el micelio antes de frenarme a mí
Vivir en un edificio viejo de Rosario tiene su onda, pero cuando julio trae esas corrientes de aire que corren por el pasillo como si tuvieran apuro, la onda se te acaba rápido. No soy bióloga ni nada que se le parezca. Traduzco manuales y contratos todo el día, pero ver ese bloque de sustrato helado, sin ninguna señal de vida, me pegó más de lo que hubiera imaginado. El frío acá no es solo frío: es una humedad pegajosa que se mete en la ropa, y para el hongo es un arma de doble filo, porque necesita humedad pero no este frío en particular.
El invierno pasado entendí que no se trataba de acercarle una estufa al placard — es peligroso y encima seca el aire, así que ni se les ocurra. Ahí empecé a pensar en la inercia: guardar el calor en vez de generarlo todo el tiempo. Mi amiga Lourdes, que cursó conmigo en la facultad hace mil años y ahora vive en otra ciudad, compartió el posteo de esta tanda en su estado sin leerlo entero, como hace siempre, y me escribió "qué lindo esto de los hongos" justo cuando yo estaba contando que casi se me muere todo de frío. Me hizo reír, posta.

¿Cómo se calienta un rincón del depto sin gastar en estufa?
Me puse a investigar en vez de resignarme, y la respuesta terminó siendo más de sentido común que de ciencia: en lugar de calentar todo el cuarto, que sale carísimo y es una pérdida de tiempo en un edificio con estas corrientes de aire, armé una caja térmica solo para el bloque. La idea es concentrar el calor justo donde el micelio lo necesita, no pelearle al frío de todo el placard entero.
La caja de telgopor de la Feria de Dorrego
La conservadora de telgopor que uso la conseguí un sábado en la Feria de Dorrego, de esas viejas y baratas que ya nadie quiere, pensada para llevar latas a la playa y no para salvarle el invierno a un hongo. Ahí adentro entran los bloques justos, sin espacio de más para que el calor se disperse. Cambio el agua de un par de botellas de plástico dos veces por día — a la mañana y antes de acostarme — y esa inercia alcanza para mantener el micelio sano y la temperatura pareja, mientras afuera el edificio entero cruje de frío.

El salto de temperatura que despierta a las gírgolas caseras
Cuando los bloques ya estaban blancos del todo, el frío cambió de bando. Para que salga el hongo hace falta un salto térmico, un poco de frío controlado después de tanto calorcito, algo así como decirle al micelio que ya es hora. Las gírgolas grises que cultivo ahora aguantan ese frío bastante mejor que las rosadas o amarillas, que sufren mucho más apenas baja la temperatura. Así que en invierno ni me las planteo. En el mejor lugar para cultivar hongos en departamentos con poco espacio siempre digo que conviene un lugar alto porque el calor sube, pero en pleno invierno a veces el rincón más protegido es justo el fondo del placard, entre los abrigos.
Hubo una noche de agosto tan fría que pensé que la tanda estaba perdida. Al otro día aparecieron los primeros bultitos oscuros en la bolsa (pinning, le dicen), aunque en el momento no le puse nombre a nada. Recién ahí entendí que ese frío que tanto maldije era justo lo que el hongo estaba esperando para largarse.

Ventilar sin perder el calorcito que junté
En invierno cerramos todo — ventanas, puerta del placard, hasta las rendijas si pudiéramos — y ese aire quieto trae un problema doble. El primero es la humedad relativa: ahí adentro tiene que estar alta, bien alta, y la calefacción de la casa te la baja en un rato. Antes de tocar nada reviso el higrómetro, y si tengo que abrir la bolsa temprano el plástico cruje seco y quebradizo, distinto a como suena en las tandas de verano — ahí ya sé que la noche estuvo brava.
Probé con un humidificador ultrasónico de esos baratos, pensando que me sacaba el problema de encima de una vez. Lo único que logró fue empapar el sustrato en vez de humedecerlo apenas: al otro día tenía charquitos adentro de la bolsa y tuve que sacarlo corriendo antes de que se pudra todo. Volví al rociador de toda la vida, apuntando siempre a las paredes de la bolsa y nunca directo al hongo, porque ahí se pone feo y amarillento.
El segundo problema es el aire estancado, lo mismo que cuento cuando hablo de hacer una cámara de fructificación casera con materiales reciclados: si no entra algo de aire fresco el hongo crece raro y se arriesga a que aparezca el verde ese que da tanta bronca. En invierno cuesta más, porque ventilar significa perder el calor que tanto me costó juntar, así que abro apenas, un ratito, cuando el sol pega de lleno en la ventana del pasillo.
La luz ahí adentro no calienta nada — es más una señal para el hongo que otra cosa — así que esa pelea la dejo para otro día.
A todo esto, Facundo, el vecino de enfrente, tocó el timbre la semana pasada preguntando si le prestaba una caja como la mía para arrancar de cero, como si el bloque que se le heló en julio nunca hubiera pasado. Me dio risa y un poco de ternura, la verdad, porque yo también insistí más de lo que debería antes de entender que el frío no perdona a nadie.
Este invierno cambié la forma de leer el frío del placard
Si estás por arrancar con esto en un placard, no hace falta laburar como si tuvieras un laboratorio en tu casa. Aislá el bloque del piso frío — un pedazo de cartón o telgopor abajo alcanza, porque el frío que sube directo de la cerámica es de los que más daño hacen sin que lo notes. Es más fácil calentarle un rincón chico a un par de bloques que pelearle al placard entero, así que si tenés poco, metelos en un contenedor con tapa y unos agujeros para que respire. Y con el agua del rociador, ojo: en invierno sale helada de la canilla, así que la dejo cerca de una fuente de calor, nunca encima, hasta que llega a temperatura ambiente.
Para la semana seis ya tenía flushes parejos, sin esos sustos de bloque congelado que me habían arrancado canas en julio. Corté el primer racimo entero de un tirón y me quedé un segundo sopesándolo en la palma antes de llevarlo derecho a la cocina, como si necesitara comprobar que pesaba lo que tenía que pesar. La lección real, más que cualquier número de termómetro, es que no hay que perseguir el calor parejo todo el tiempo: hay que aprender en qué momento de la tanda el frío deja de ser el enemigo y se convierte en la señal que el hongo estaba esperando.

Después de un invierno entero pendiente de un par de grados de más o de menos, todavía me sorprende lo bien que cae un puñado de gírgolas recién cortadas en la sartén, con el mate ya frío al lado del teclado. Cultivar hongos en un departamento alquilado de Rosario es, sobre todo, aprender a leer el frío en vez de pelearlo — y ese aprendizaje, aunque ya lo tengo medio incorporado, sigue sin dejar de sorprenderme en cada tanda.