
Me dijeron muchas veces que el calor es lo peor que le puede pasar a un cultivo casero de hongos comestibles. Yo perdí la cuenta de las veces que lo escuché en distintos grupos de cultivo urbano. Y sin embargo ahí estaba, un rosa neón, casi fosforescente, como de otro planeta, asomando justo en el momento en que Rosario entera se derretía de calor, en mi rincón de Pichincha. Esa tanda de gírgola rosa, mi primer experimento serio con esta especie, se reía en la cara de todo lo que había leído sobre el tema.
Antes de seguir, la aclaración de siempre para quien recién llega a esta bitácora: acá hay enlaces de afiliado. Si alguien compra un curso o un kit a través de esos links, a mí me llega una comisión de la venta y a quien compra no le cambia el precio ni un poco. Esa comisión es la que me banca el sustrato nuevo y el tiempo que le robo a las traducciones para sentarme a escribir esto. Todo lo que cuento acá lo probé yo misma, con los aciertos y con los papelones incluidos.
El calor no arruina el cultivo, arruina la especie equivocada

Con las gírgolas grises me pasó exactamente lo contrario que con las rosas: apenas el termómetro empezó a subir, los bloques se pusieron amarillos y dejaron de dar nada. Ahí entendí que la culpa no era del calor en sí mismo, sino de seguir cultivando la especie que no correspondía para esa época del año. La gírgola rosa, la Pleurotus djamor, es tropical, le gusta justo lo que a mí me hace buscar la sombra apenas salgo a la calle. Regular la temperatura cuando llega el frío es otra historia, con otras reglas, que no vienen al caso hoy.
Lo primero que cambió de la teoría a la práctica fue la velocidad: los pines, esos bultos que anteceden al hongo, salieron mucho antes de lo que esperaba, casi con impaciencia. Ya venía acostumbrada al ritmo lento de las tandas de invierno, y de golpe tenía que revisar el placard dos veces por día porque todo avanzaba a otro tiempo.
Metí la nariz casi pegada a la puerta entreabierta del placard una mañana cualquiera de ese enero y me quedé ahí parada, porque el olor que salía no era el de tierra húmeda de siempre -era otra cosa, más verde, más nuevo, algo que no había salido de ese rincón en ninguna tanda anterior.
El problema nunca fue la temperatura, sino el aire quieto

Ahí es donde me parece que se cuelga la mayoría. Se obsesionan con bajar los grados y se olvidan de que un placard cerrado en pleno verano junta aire pesado mucho más rápido que en invierno. La humedad relativa que necesita ese rincón es, en sí misma, todo un tema aparte. Por suerte ya había escrito sobre cómo mejorar la ventilación del placard para que los hongos crezcan sanos, así que esta vez fui con la lección ya aprendida: en los meses cálidos, el intercambio de aire fresco importa el doble, porque todo lo que puede salir mal también avanza más rápido con el calor.
Facundo, un vecino del edificio que un día se cruzó conmigo en el pasillo preguntando por qué olía a tierra mojada y terminó comprando su propio kit de gírgolas la semana siguiente, cayó justo en la trampa contraria. Pensó que si el calor le hacía bien a mi tanda, más calor todavía tenía que ser mejor para la de él, y puso la bolsa pegada a la ventana que agarra sol directo toda la tarde. En poco tiempo el bloque quedó caliente al tacto y el micelio dejó de avanzar. Volvió a tocarme el timbre seis meses después preguntando si podía arrancar de cero, como si la primera vez no hubiera pasado nunca.
Empecé a hacer mi propio micelio casero en vez de pedirlo por correo

Me cansé de depender de los kits que llegaban por correo y de esperar el envío como si fuera Navidad. Ahí fue cuando me metí de lleno con el curso de Produccion de Micelio de Setas [El que probe]. Lo miré una noche de tormenta de verano de esas que no refrescan nada, con el mate ya frío al lado del teclado, y lo que más me sirvió fue entender, de una vez, la diferencia entre trabajar con esporas y trabajar con micelio ya establecido.
Usé la olla más grande que tengo para pasteurizar el sustrato, guiándome más por el olor y el vapor que por un número exacto en un termómetro de laboratorio. Mi abuela juntaba hongos silvestres en el campo y siempre decía que la tierra te da lo que necesitás si sabés esperar; yo, con paja de trigo en una bolsa de consorcio, todavía ando aprendiendo esa paciencia.
La tanda que se me secó en dos días por dejar la bolsa abierta

La tanda que se me secó en dos días fue la prueba de que el calor no perdona los descuidos. Un sábado, apurada, dejé la bolsa de cultivo destapada por completo pensando en airearla un rato y salí sin acordarme de taparla bien. Cuando volví, el sustrato que tenía que sentirse firme y húmedo, con esa textura de micelio sano que ya aprendí a reconocer con solo tocarlo, estaba seco, quebradizo, sin vida. Dos días de calor rosarino bastaron para arruinar lo que en invierno me hubiera dado margen de casi una semana entera.
Del otro lado están las bolsas que se ponen verdes por el exceso de humedad estancada, de eso también hablé largo y tendido en otra nota sobre cómo limpiar el lugar de cultivo de hongos para evitar problemas, pero la lección de fondo es la misma: en los meses cálidos, todo pasa más rápido, lo bueno y lo feo.
Lourdes compartió mi bitácora sin leerla entera (y me hizo dar cuenta de algo)
Lourdes, una amiga de la facultad con la que hablo cada tanto, comparte todo lo que escribo en sus estados sin terminarlo de leer, y esta vez no fue la excepción: el fragmento que subrayó fue justo el que decía que en verano conviene bajar los brazos con cualquier cultivo. Le escribí para corregirla, entre risas, porque es exactamente lo contrario de lo que quería contar. El calor no es la señal de alarma; es la señal que ciertas especies estaban esperando. Si tenés gírgola gris o shiitake, ahí sí conviene prestar atención cuando sube el termómetro. Si tenés gírgola rosa, el verano es tu temporada, no tu enemigo.
Cosechar sin mirar el calendario, guiándome por lo que veo y huelo
Después de esto vienen otros temas -el punto justo de cosecha, cuánto te da cada bolsa entre flush y flush, hasta la luz que entra como otra señal más- que ya fui desarrollando en otras entradas y que no quiero aplastar acá adentro de una nota que ya se hizo larga. Lo que sí puedo adelantar es que en pleno calor esa ventana de cosecha se cierra mucho más rápido que en invierno, así que conviene pasar por el placard seguido en vez de confiar en un calendario fijo.
Con los tres años que ya llevo metida en esto, lo que puedo asegurarte es que el calor no es el enemigo que todos pintan -depende de qué tengas creciendo ahí adentro-. Mi departamento en Pichincha terminó siendo una especie de huerta de departamento improvisada, y la gírgola rosa fue la que me enseñó que las reglas cambian con la especie y con la estación, no al revés. Si andás por Rosario o por cualquier ciudad donde el verano pega fuerte y pensabas frenar tu cultivo hasta que baje la temperatura, capaz el problema nunca fue el calor. El curso de Produccion de Micelio de Setas fue lo que me dio la base para animarme a probar con una especie distinta en vez de pelearme con el clima, y sigo, sábado tras sábado, encontrando algo nuevo para corregirme a mí misma.