
Tengo los dedos metidos entre dos camperas de invierno, buscando el pulverizador que se me cayó detrás de las botas, cuando el olor me pega de lleno: pileta. Cloro puro, subiendo desde la bolsa de residuos donde duermen mis gírgolas en un rincón del placard. Acabo de regarlas y, en vez del perfume a tierra húmeda que me recibe siempre, tengo en la nariz el mismo olor que sale de la canilla del baño cuando Aguas Santafesinas aprieta fuerte con el cloro. Ahí até cabos: el riego con agua de la canilla, sin pensarlo dos veces, venía arruinando semana tras semana mi cultivo casero de hongos en este departamento de dos ambientes, y yo creyendo que el problema era otra cosa.
Mis gírgolas se pusieron amarillas y el agua tuvo la culpa
Semanas atrás las había visto perder ese blanco que tanto me gusta. Un tono amarillento, como si estuvieran cansadas, les había salido justo en la zona donde más las rociaba. Pensé en una plaga, en algún bicho invisible, en que se me había contaminado todo el sustrato. Busqué, pregunté en un par de foros de gente tan obsesiva como yo, y terminé leyendo sobre qué significa el color amarillo en el micelio de gírgolas antes de animarme a tirar la bolsa entera por puro miedo.
No era una plaga. Era el cloro. Esa agua que sale directo de la bacha trae cloraminas puestas ahí, justamente, para matar microorganismos, y el hongo en sus primeras etapas se comporta como uno. Cada vez que le tiraba agua sin tratar le estaba dando una microdosis de veneno: no lo mataba de un saque, pero lo frenaba, lo estresaba, y las gírgolas salían chicas o ni se animaban a asomar.

El cloro, mi primer gran error de riego en el cultivo casero
Lo que más bronca me dio fue enterarme tarde de algo tan simple. Las setas son casi todo agua, un hongo es, en los hechos, el agua que vos le diste, con forma. Si eso era cierto, más me valía que el agua fuera decente. No hacía falta agua bendita de las sierras cordobesas, pero el cloro común se evapora solo si lo dejás tranquilo, más o menos un día entero. Ahora tengo siempre un par de botellas de vidrio, de esas de jugo que voy guardando, destapadas, descansando arriba de la heladera. Al otro día el agua ya no huele a lavandina y queda lista para el pulverizador.
Agua mineral, agua destilada o la de la canilla reposada
Hubo un momento, con la humedad bien alta de por medio, en que pensé que la salida era comprar agua mineral. Si yo tomo de esa, ellas también, me dije. Me salió carísimo y no noté una diferencia que valiera la pena. Después me enteré de que el agua destilada tampoco es la ideal: al micelio le gustan ciertos minerales que vienen en el agua de red, calcio, magnesio, como vitaminas. Dale agua destilada y le estás dando algo tan limpio que no le aporta nada extra.
Lo que sí importa es el pH. No ando con tiritas ni con laboratorio casero, pero el rango en el que las gírgolas están cómodas ronda entre 6.0 y 7.0. El agua acá en Rosario suele moverse en esa zona, y sacarle el cloro dejándola reposar ayuda a que ese equilibrio se asiente mejor. Pasar de regar directo de la canilla a usar agua reposada hizo que el micelio recuperara esa blancura algodonosa, nada de magia, apenas química de cocina, pero una que a mí me costó entender.

Regar con agua helada y ver cómo el shiitake se frena en seco
El tronco de shiitake que tengo hace rato es mucho más quisquilloso que cualquier gírgola, un amigo que si no le gusta la música de la fiesta se va a un rincón con cara de pocos amigos. De hecho cultivar shiitake en casa y por qué tardan tanto en aparecer ya me había avisado que ahí la paciencia es otro nivel.
Un día de limpieza general, sin agua reposada a mano, lo regué con lo primero que encontré: agua de la canilla, helada, directo del caño. Error total. El choque térmico paró en seco algo que ya venía colonizando de a poco. El micelio estaba ahí, calentito en su bolsa, y de golpe le cae un chorro a diez grados cargado de químicos, como si te tirasen un balde de agua helada mientras dormís la siesta. El bloque se quedó mudo semanas enteras.

Lo que hago ahora, fin de semana de por medio, con las botellas
Antes de sospechar del agua probé de todo, incluso cosas que me da un poco de vergüenza contar. Una vez pegué el kit contra la ventana porque pensé que le faltaba luz, convencida de que así iba a colonizar más rápido, y lo único que logré fue que el sustrato se secara en tiempo récord. Después entendí, sin golpe de efecto, leyendo de a poco, que para estos hongos la luz funciona más como una señal de que es hora de fructificar que como un motor de crecimiento. Otra historia, para otro día.
Mi sistema ahora es simple. Lleno botellas de vidrio de litro, las dejo destapadas un día entero, y trato de que el agua llegue a temperatura ambiente antes de usarla, si hace mucho frío en el depto, las acerco a donde pega algo de sol, pero sin pasarme, que ya aprendí la lección. Uso un pulverizador de bruma fina, nada de inundar el sustrato, solo la humedad justa. Tampoco hay que pasarse de la mano con la frecuencia, porque el exceso de agua es la puerta de entrada típica para que aparezca moho verde, y de eso ya tiré más de una bolsa a la basura.

Esta tarde, antes de llegar a este punto, pasé por Parque Urquiza a estirar las piernas después de traducir toda la mañana, y ahí nomás me cayó un audio de cuatro minutos: Gimena, mi colega traductora, despotricando porque un cliente le cambió el brief a último momento. Típico de ella cuando algo le sale mal en cualquier proyecto. Volví, dejé el teléfono en silencio, y me senté a mirar las botellas reposando arriba de la heladera, que es mi versión de meditar.
Hace poco me escribió un lector de Mendoza, Sebastián, contándome que tiene el mismo higrómetro chino que yo y le cree a rajatabla aunque seguro esté mal calibrado. Me preguntaba si el agua de la canilla podía ser la razón por la que sus gírgolas no terminaban de arrancar. Le contesté más o menos lo mismo que escribo acá: que pruebe con agua reposada antes de sospechar de cualquier otra cosa.
Blanco parejo en la bolsa: la prueba de que el agua era el problema
Para la quinta semana, regando ya todo con el agua de las botellas, abrí el placard de nuevo y encontré la bolsa entera cubierta de un blanco parejo, sin una sola mancha amarilla, que cedía bajo los dedos con esa firmeza de almohada bien rellena. Esa textura fue la confirmación de que el agua había sido la pieza que me faltaba todo este tiempo, no una plaga ni un sustrato arruinado.
Me quedo mirando el placard, con el gato del depto de al lado metiendo la nariz entre la bolsa de residuos y mis tapados para chusmear qué hay ahí adentro, y pienso en lo básico que suena todo esto y en lo poco que lo supe aplicar al principio. El agua es apenas el vehículo, pero es el vehículo de casi todo lo que pasa ahí adentro. Si sos principiante en esto de los hongos como era yo hace un tiempo y ves que el micelio se ve grisáceo o sin fuerza, probá primero con esto antes de gastar en nada más: dejá reposar el agua un día, fijate que no esté helada, y recién ahí buscá otras explicaciones. Mañana, con suerte, me hago un revuelto con la tanda que está saliendo, y voy a saber que ese hongo es, en buena parte, el agua que elegí cuidar.