
El sombrero no llegaba al tamaño de una moneda y el tallo ya iba camino a los cinco centímetros, blanco y duro como un dedo estirado. Así salió la última tanda que saqué del medio placard donde vengo con el cultivo de hongos en el departamento hace tres años, entre los abrigos de invierno de mi alquiler acá en Rosario. Nada que ver con las gírgolas anchas y carnosas que suelo cosechar cuando todo viene bien. Esto parecía otra cosa, como si el hongo se estuviera estirando para buscar algo que yo no le estaba dando.
Antes de seguir, esto rápido: en este cuaderno hay enlaces de afiliado, y si alguna vez comprás un curso a través de uno de ellos, Hotmart me tira una comisión chica sin que el precio te cambie ni un peso a vos. Con esa entradita pago el sustrato nuevo y las bolsas que se me arruinan cada tanto. Aviso también que no soy bióloga ni ingeniera agrónoma — soy traductora, y lo que escribo acá es lo que pruebo yo misma en mi rincón; si tenés una duda seria de salud o de identificar una especie, consultá a alguien que sepa de verdad.
Mis gírgolas se estiraban en vez de abrirse

Mi abuela contaba que las gírgolas silvestres del campo aparecían como platos pegados a los troncos de los sauces después de la lluvia, anchas y pesadas. Lo mío no eran platos, eran una especie de dedos blancos empujando hacia afuera de la bolsa. Le mandé una foto a un grupo de cultivo donde tiro mis dudas de madrugada, y me contestaron rápido que algo les faltaba. Me costó entender esa distinción al principio de todo, cuando pensaba que lo que había comprado eran esporas, cuando en realidad lo que coloniza el sustrato y arma esa red blanca es el micelio — las esporas quedaron atrás mucho antes de que la bolsa llegara a mi placard. Si tocás esa red sin guante se te pega en los dedos como una pelusa, y después cuesta un rato sacártela de encima.
Gimena, una colega traductora con la que comparto quejas de clientes por WhatsApp desde que nos cruzamos en un coworking del centro hace ya varios años, vino a buscar unos archivos y cruzó el pasillo del edificio. Me preguntó, no por primera vez, si ese olor a tierra húmeda que se filtra hasta la escalera es normal. Le dije que sí, que es la bolsa forrada de negro que tengo ahí adentro mezclándose con el olor a lana de los tapados, y que en invierno se nota más porque no abro la ventana.
La primera tanda que probé, hace ya tiempo, se secó entera porque la dejé olvidada detrás de esos mismos abrigos una semana seguida — el sustrato sin humedad no perdona, y ahí aprendí que hay que revisarlo como a una planta más, no como una caja que una vez armada se olvida en un rincón.
Los errores de cultivo que no vi a tiempo

Antes de esta tanda rara ya había probado de todo. Una vez se me ocurrió que un poco de aserrín de eucaliptus le vendría bien al sustrato porque total era natural, y lo único que logré fue que el micelio no avanzara casi nada durante semanas — el sustrato no es un relleno cualquiera, es lo que el hongo come, y si le metés algo que no le sirve, se queda ahí, sin arrancar. Aprendí también, a las patadas, que la limpieza del lugar importa más de lo que pensaba: una bolsa que manipulé sin las manos bien lavadas terminó verde y con olor agrio en cuestión de días, sin forma de salvarla, directo a la basura. El frío rosarino tampoco ayuda — mantener el placard en una temperatura pareja durante julio y agosto es un trabajo aparte, entre el sol que entra un rato por la tarde y la helada de la madrugada.
Mi higrómetro, el que tengo pegado con velcro adentro de la puerta, marcaba una humedad que a simple vista parecía perfecta. Por eso me costó tanto ver el problema real: todo el tiempo estuve mirando ese numerito y nada más.
Buscar aire en la Costanera para después dárselo al placard

Salí a caminar una tarde por la Costanera Central, ahí donde el río Paraná se ve ancho y el viento de invierno no da tregua, tratando de sacarme el problema de encima. Volví todavía convencida de que la humedad relativa del placard era lo único que importaba, así que seguí rociando las paredes cada vez que me acordaba, sin ningún resultado. Alguien del grupo de cultivo me hizo la pregunta que me faltaba: ¿cuántas veces por día abrís esa puerta? Ahí caí en que un espacio tan chico como el mío necesita que el aire se renueve además de estar húmedo — sin ese intercambio el hongo se comporta distinto, y no hay pulverizador que lo arregle. Incluso el olor del cultivo empezó a concentrarse demasiado ahí adentro, otra señal de que el aire no estaba circulando como debía.
Empecé a dejar una rendija de un par de centímetros abajo de la puerta del placard, además de un ventiladorcito de computadora que tenía guardado en un cajón, prendido un rato cada mañana mientras traduzco. Para la semana cuatro ya se notaba otra cosa: en vez de esos dedos blancos, empezaron a asomar pines chiquitos y parejos, más redondeados, con el micelio alrededor bien blanco y compacto, nada de manchas ni de ese aspecto ralo de antes. No es lo mismo cuidar gírgolas que el shiitake que tengo en un tronco aparte, que ni se inmuta con estos cambios de aire — cada especie pide lo suyo, y a las gírgolas esta les venía mal.
Entender el micelio en vez de solo comprarlo armado

Con la tanda ya recuperada me quedaron ganas de entender el proceso completo, no solo de parchar lo que salía mal cada vez. Un sábado con poco para traducir me puse a mirar el curso de Produccion de Micelio de Setas, pensando que iba a ser una cosa de laboratorio imposible de aplicar en un placard de alquiler. No fue así. Lo que más rescato es que enseña a producir tu propio micelio en grano en vez de estar recomprando inoculante cada vez que armás una tanda nueva, y el material queda para volver a mirarlo cuando algo se te contamina, cosa que en mi caso pasa más seguido de lo que me gustaría admitir. Eso sí, es claro desde el arranque: si no sos prolija con la limpieza, ningún curso te salva, la contaminación no perdona a nadie.
Ahí entendí mejor por qué a veces una bolsa bien colonizada tarda semanas en largar los primeros hongos: hace falta un empujón — un cambio de temperatura, de luz o de aire — para que el micelio pase de crecer para adentro a fructificar para afuera. La luz en mi placard es mínima, apenas lo que se cuela cuando abro la puerta, pero incluso eso parece funcionar como una señal para que sepan que ya pueden salir. Fue releer después cómo hacer tu propio micelio cambió mi placard lo que terminó de convencerme de meterle más en serio al asunto.
El revuelto que por fin supo a gírgola de verdad

Corté el primer sombrero de esa tanda nueva con un giro seco en la base, y al tenerlo en la palma se sentía suave y un poco elástico, como un pedazo de cuero recién mojado. Nada que ver con los dedos duros de semanas atrás. Era el segundo flush que sacaba de ese mismo bloque, y até cabos: el punto justo para cortar es cuando el borde del sombrero todavía está un poco curvado hacia abajo, antes de que empiece a aplanarse del todo. Las piqué grueso, las tiré a la sartén con ajo y un huevo, y las comí sentada en la cama con el plato apoyado en las rodillas. Las que no como esa misma noche las guardo en la heladera envueltas en un repasador, nunca en bolsa cerrada, porque se ponen viscosas rápido.
Le conté todo esto a Sebastián, un lector de Mendoza que me escribe desde que su primera bolsa se le llenó de moho verde y no sabía qué hacer. Ahora me manda una foto borrosa de cada flush nuevo, siempre con unas ganas que me contagian hasta a mí. Le dije lo mismo que te digo a vos: si tus gírgolas salen con tallos largos y sombreros de nada, no es que el kit venga fallado ni que seas mala cultivando. Fijate primero en el olor, porque cuando algo anda mal ahí adentro la nariz suele avisar antes que la vista, y después fijate cuántas veces por día le das aire a esa bolsa. La lección que me queda de este quilombo con los tallos es esa: la humedad importa, pero sin aire para respirar ningún hongo va a crecer con la forma que una espera, por más que una la moje seguido.