Doce centímetros de tallo y un sombrerito que no me tapaba ni la yema del dedo: eso fue lo que saqué del placard esta vez, antes de darme cuenta de que estaba comparando mal dos tandas bien distintas. Tengo dos sospechosos para esto de los tallos flacos y larguísimos: la luz y el aire que entra, o no entra, por la rendija de abajo. Los venía confundiendo sin darme cuenta, hasta que empecé a cambiar una sola cosa por vez entre una bolsa y otra, para ver cuál de las dos hacía la diferencia real.
Ninguna de las dos tandas estaba mal cuidada. Las dos tenían el mismo sustrato, la misma bolsa forrando el rincón, casi la misma humedad según mi higrómetro chino. Pero una salió con sombreros que abrían como paraguas y la otra con esos fideos blancos que ya conozco de memoria y que me dan un poco de lástima cada vez que los veo.
El grupo de WhatsApp y la bolsa de Dina
En el grupo de WhatsApp de cultivadoras en departamento subí una foto de esos tallos flacos preguntando si a alguien más le pasaba. Dina Orellana, que cultiva en un baño sin ventana en Buenos Aires desde hace un par de inviernos, contestó en dos minutos, como siempre, sin dejar pasar la oportunidad de recordarnos que fue la primera del grupo en sacar una cosecha decente. Me contó que a ella también le pasó, pero que en su caso terminó siendo un tema de luz como señal: el baño no tiene ni una ventana, así que sus primeras gírgolas salían larguísimas hasta que empezó a dejar la puerta entreabierta con la luz del pasillo prendida un rato cada día.
Para Dina, mover el foco de luz resolvió todo sin tocar la ventilación. Y ahí quedó la duda picándome: si a ella la salvó la luz, ¿por qué a mí esa explicación no me terminaba de cerrar?
¿Le faltaba luz o le faltaba aire a la mía?
Mi placard tiene las paredes de adentro forradas con una bolsa de residuos oscura, pegada con cinta en las esquinas, y el higrómetro chino cuelga de la puerta sostenido con velcro. Abajo queda un huequito de un par de centímetros por donde se supone que circula el aire. Ahí adentro, entre mis tapados de invierno, lo que más se siente es el olor a tierra húmeda.
A diferencia de Dina, mi placard recibe algo de luz cada mañana cuando abro la puerta para sacar ropa, así que ahí la luz no parecía ser el problema. Lo que sí había cambiado hacía poco era ese huequito de abajo: lo tapé casi entero con cinta después de la última bolsa que se me secó, pensando que así retenía mejor la humedad. Fue entonces cuando até cabos con eso del intercambio de aire fresco que tanto se menciona en el grupo, algo aparte de la humedad relativa que marca el higrómetro, aunque no sepa explicar bien por qué el hongo reacciona tan mal cuando se lo saco. Antes de mover nada volví a mis propias notas sobre cómo mejorar la ventilación del placard para que los hongos crezcan sanos, para no repetir el mismo error dos veces.
Corrí la bolsa diez centímetros y esto fue lo que cambió
Saqué la cinta que tapaba el huequito y corrí la bolsa nueva diez centímetros más cerca de esa rendija, sin tocar la luz para nada, justo donde había estado antes la tanda de los fideos. Nada más que eso. Quería que fuera un solo cambio, no una reforma completa del placard.
El flush siguiente salió distinto casi de entrada: los primeros pines aparecieron más gordos, no esos hilitos que veía antes de que se estiraran. Corté el primer sombrero bueno de esa tanda unos días después y se sintió como cuero recién mojado bajo los dedos, flexible, nada que ver con la cáscara dura y quebradiza de los fideos anteriores. Un micelio sano, che, se nota hasta en cómo cede la carne del sombrero cuando lo apretás un poco.
El moho verde que casi volví a hacer
Con las ganas de acelerar las cosas, por un momento pensé en subir la humedad también, capaz ayudaba. Pero me acordé justo a tiempo de la vez que rocié el kit cada hora durante todo un día entero, convencida de que más agua era siempre mejor, y al otro día apareció esa mancha verde que ya conozco y que significa tirar la bolsa entera sin discutir. Contaminación verde le dicen en el grupo, y una vez que la ves no la confundís con nada más.
Esa misma tarde, con el olor todavía metido en el pasillo antes de que bajara la bolsa a la basura, sonó el timbre. Era Valentina Brizuela, mi vecina de dos puertas más allá, que había notado algo raro en el aire y venía a preguntar si estaba todo bien. Ella es la primera en tocar el timbre cada vez que algo huele distinto en el pasillo, así que ya casi ni me sorprende.
Vi los juncos de la costanera estirarse igual que mis hongos
Fui a caminar un rato por La Costanera Central del Río Paraná mientras esperaba que se secara el placard, más que nada para sacarme el olor de encima. Mirando los juncos que crecen pegados al agua, cada uno estirándose flaco y largo buscando el sol por encima de los demás, pensé en mis propios hongos haciendo básicamente lo mismo adentro de una bolsa de plástico. No sé si es la misma lógica exacta, pero la imagen se me quedó grabada: algo que no tiene lo que necesita, sea luz o aire, se estira buscándolo en vez de crecer ancho y cómodo.
Volví al depto con ganas de mirar de nuevo un módulo de Producción de Micelio de Setas [El que probé] sobre el intercambio de aire, uno que había visto rápido cuando lo compré y que en su momento no me dijo mucho. Con la comparación entre mi bolsa y la de Dina todavía fresca, esta vez lo entendí de otra forma. También fue por esa época que empecé a prestarle más atención a de dónde salía el micelio que usaba, algo que arrancó cuando decidí que comprar micelio de setas de calidad mejoró mis cosechas más que cualquier ajuste de aire o luz por sí solo.
¿Luz o aire? Así decido ahora
Ya no trato los tallos largos como un solo problema. Si el sombrero termina abriendo más o menos bien apenas hay algo de luz cerca, aunque sea la del pasillo o una lamparita, sospecho de la luz, como le pasó a Dina en su baño sin ventana. Si el sombrero se queda chiquito y el tallo sigue estirándose por más luz que le ponga al lado, y la bolsa está en un rincón cerrado o con la rendija tapada, ahí el problema casi siempre es el aire que no circula.
La prueba más simple sigue siendo cambiar una sola cosa por vez, sin tocar nada más, y esperar al flush siguiente para ver qué pasó. No hace falta entender toda la ciencia de por qué el hongo se comporta así para darse cuenta de cuál de las dos cosas le falta. Si querés meterte más a fondo en el tema del aire y el micelio antes de que se te arruine una tanda, te recomiendo este curso de producción de micelio, que tiene un módulo específico sobre esto que a mí me sirvió para no seguir adivinando.