
Aprieto el costado de la bolsa y no cede. Nada. Suena a caja de cartón vacía, ese "toco-toco" seco que no debería salir de algo que se supone está vivo. Vengo cultivando gírgolas en un rincón de mi depto de alquiler hace tres años y todavía me agarra desprevenida cuando un bloque se seca así, sin avisar, mientras yo andaba perdida entregando una traducción técnica que no se terminaba nunca. El cuidado del micelio en un cultivo urbano tan chico como el mío no perdona los descuidos con la hidratación: te olvidás de mirar para adentro del placard un tiempito nomás y el sustrato se te convierte en corcho.
La pava caliente: el primer instinto que casi lo arruina todo
Cuando encontré el bloque así de liviano, tan despegado de la bolsa que entraba la mano entera en el hueco, lo primero que hice fue una pavada: puse agua a calentar y la volqué directo sobre el sustrato seco, convencida de que el calor iba a apurar las cosas. Craso error. El agua caliente no entra pareja, resbala por los costados duros del bloque y se estanca arriba, sin llegar nunca al centro. A las pocas horas la superficie se puso pastosa y largó un olor agrio que no tenía nada que ver con ese perfume a bosque húmedo que sueltan las gírgolas, Pleurotus ostreatus, para llamarlas por su nombre, cuando están de humor. Tuve que sacar esa parte con cuchara y rezar para que no se hubiera arruinado el resto del bloque.

Lo que sale mal al apurar con agua caliente
No hace falta ser bióloga para entender que un bloque reseco no es una esponja que absorbe parejo apenas la mojás. Se parece más a regar una maceta de tierra que se secó tanto que se volvió piedra: el agua corre por arriba y se va por el costado, sin entrar donde tiene que entrar. Con agua caliente pasa lo mismo, pero peor, porque el calor de golpe estresa a un micelio que ya venía débil. En vez de despertarlo, lo asusta. Eso sí, un olor agrio raro no es lo mismo que la contaminación verde que cuento en mi nota sobre qué hacer si aparece moho verde en el sustrato, si ves manchas verdes o una viscosidad rara, ahí no hay jeringa que salve nada, se tira directamente.

El otro camino: hidratar con jeringa y paciencia
La segunda vez que me pasó, porque sí, me volvió a pasar, la vida de traductora freelance no perdona los cuidados a medias, probé algo distinto. En vez de volcar agua por arriba, fui pinchando el bloque en varios puntos con una jeringa grande y agua que había dejado reposar un rato para que se le fuera el cloro. Inyecté despacio, dejando que el sustrato chupara antes de seguir. Nada de apuro, nada de calor, solo constancia. Todavía tengo esa manía de tocar el sustrato sin guantes, así que terminé con las yemas de los dedos cubiertas de un polvillo blanco que no se sacude fácil, como si hubiera metido la mano en harina fresca. Le mandé un audio a una amiga que teje amigurumis y los vende por Instagram para contarle que otra vez estaba jugando a la enfermera de un bloque de sustrato; se rió y me dijo que por lo menos mis hobbies no se rompen si les erro la puntada.
Ese domingo, mientras caminaba por Parque Urquiza tratando de sacarme el olor a sustrato podrido de la cabeza, pensé que todo el tema del riego se parece a cualquier maceta descuidada: la solución nunca es ahogarla de golpe, es ir de a poco y prestarle atención de verdad.

Comparando los dos bloques, uno al lado del otro
Puse los dos recuerdos uno al lado del otro, como quien compara dos fotos de un mismo lugar en épocas distintas. El bloque de la pava caliente tardó en recuperarse y una parte del sustrato terminé tirándola directamente, porque ese olor agrio nunca se fue del todo. El de la jeringa reaccionó distinto: cuando lo apreté de nuevo no crujió: cedió como un almohadón bien mullido, y el costado entero mostraba ese blanco parejo y tupido que venía buscando, sin manchas ni zonas muertas, eso que en el mundillo del cultivo llaman micelio sano. Ahí, con la mano metida adentro de la bolsa, me di cuenta de que había vuelto.
Lo que vino después fueron esos primeros bultitos asomando, lo que en otra nota llamo el primer pinning, y de ahí, sin apurar nada, llegó lo que le digo el ciclo de flush completo: una tanda entera de gírgolas lista para el revuelto de esa noche. Ninguno de los dos bloques hubiera llegado tan lejos con agua hirviendo encima.
Ahora sé cuál elegir primero
Si el bloque recién empieza a sentirse liviano y todavía queda algo de ese blanco parejo, un rociado más generoso con agua reposada alcanza, sin necesidad de sacar la jeringa. Pero si ya suena hueco, si se despegó de la bolsa y los primordios quedaron duros y marrones, ahí voy directo a la jeringa, con agua a temperatura ambiente, nunca de la pava. El agua caliente la reservo para el mate, no para el sustrato. Esa es la única regla que no rompo más.
Antes de comerte cualquier tanda rescatada, fijate bien que no haya quedado ni rastro de ese olor agrio ni de viscosidad, si algo te genera dudas, no te la juegues, mejor tirarla que arriesgarte.

Si recién estás arrancando con esto, tengo una nota sobre mis primeros pasos para la producción de micelio de setas en casa donde cuento los errores más tontos que cometí al principio, aprendiendo a los golpes que la constancia le gana al apuro. Y si te cuesta sostener la humedad relativa del placard en un nivel decente, ese es justo el tema de mis trucos para controlar la humedad en el placard de cultivo.
Los dos bloques terminaron dándome hongos igual, la verdad. El de la jeringa se sintió como una revancha; el de la pava todavía me da un poco de vergüenza cuando me acuerdo del olor. Ahí siguen los dos en mi lista de sábados con las manos metidas en la bolsa, tratando de que algo vivo no se me muera por descuido.